El lustro maldito
Olympiacos parecía destinado una y otra vez a morir en la orilla, como en una de esas odiseas milenarias en el que el héroe estaba destinado a un trágico final. Hasta que llegó la redención en el OAKA
Artículo de Marcos Rafael Cañas Pelayo
A los puntos, llevarían bastante tiempo siendo el gran vencedor del actual formato de la Euroliga. En términos boxísticos, pocas candidaturas presentarían la consistencia round by round del Olympiacos: el club de El Pireo lleva mucho tiempo cuajando un proyecto que, Phil Jackson dixit, bien podría ser bautizado como el mejor equipo que el dinero podía comprar. Sin embargo, antes de alcanzar el Olimpo en el OAKA, Panagiotis y Georgios Angelopoulos han tenido que soportar su buena ración de derrotas, esas caricias ilusionantes al cetro continental justo antes de ver cómo se les resbalaba de entre los dedos.
Algo frustrante para los herederos de un magnate griego que controló recursos tan estratégicos como el petróleo y el acero a través del transporte, legándoles la vital empresa Arcadia, punta de lanza entre las navieras. Muchos reclamos para poder atraer a los mejores agentes libres… o recuperarlos.
Nóstoi
Es una fórmula archiconocida de las grandes franquicias y clubes de baloncesto. El combo de un talentoso exterior y una devastadora fuerza por dentro. Kobe Bryant y Shaquille O’Neal encarnarían al paradigma en su máxima expresión, pero podemos concebir muchas otras en la propia Euroliga (Diamantidis y Mike Batiste, Jasikevičius con Maceo Baston, etc.). Sin lugar a dudas, el Olympiacos ha buscado su Santo Grial con la pareja formada por Evan Fournier y Aleksander Vezenkov.
Un par de estrellas con bastantes denominadores comunes. “Los Knicks me tienen como un rehén”. Aquellas palabras del francés todavía resuenan en la Gran Manzana. Corría el mes de septiembre de 2023 y el anotador galo se quejaba amargamente de su periplo en el Madison, además de quedar todavía las heridas abiertas de un verano donde el Mundial de baloncesto acabó en el descalabro absoluto de una escuadra gala plagada de grandes nombres y una eliminación a las primeras de cambio.
Desde entonces, el escolta se convirtió en un bombón apetecible para los grandes presupuestos de la Euroliga. Pocos parecían más dispuestos que los Angelopoulos. ¡Qué lejos quedaban aquellos días estivales de 2011 donde asumieron que debían configurar un Olympiacos más low cost donde Spanoulis sería el santo y seña! Aquel modelo les resultó admirable, descubriéndose a joyas del bloqueo como Kyle Hines o recuperando a canteranos con el calibre de Printezis. Sea como fuere, en esta fase que nos ocupa la billetera estaba llena y la Final Four de Berlín (2024) deparó una pequeña esperanza tras otro duro revés en semifinales.
Si bien el marcador era digno (87-76), cualquiera que hubiera visto el duelo contra el Real Madrid, su usual verdugo, habría comprendido que Tavares y cía dominaron en todo momento. Para colmo de males, El Pireo vio alzarse con el título al aborrecido Panathinaikos, cuya alocada apuesta de remodelar toda la plantilla alcanzó el premio gordo a la primera. Kostas Sloukas, antiguo héroe rojiblanco, el hombre que estuvo a punto de dar la réplica al canastón de Llull en Kaunas, era ahora el abanderado del aborrecido Ergin Ataman, el heterodoxo técnico otomano que se las ingeniaría para doblegar la voluntad del Olympiacos en las finales ligueras helenas tras empezar perdiendo.
“Si un día tuviera que regresar a Europa y existiera la opción de ir a donde quisiera, creo que iría allí. Sigue siendo un gran club”. Aunque se hubiera convertido en la red social X con una polémica compra, todo el mundo entendió aquello que había tuiteado Fournier dos años atrás, mientras observaba los duelos continentales en Belgrado. Quería ser uno de ellos. Para hacer todavía la jugada mejor, el héroe Vezenkov había vivido ya la experiencia de la NBA y acabó poco complacido en su paso al otro lado del Atlántico, un lugar donde los Sacramento Kings no terminaron de explotarle.
Entonces cayeron las redes atenienses. El astro búlgaro se ponía rumbo a Toronto, pero Yorgos Skindilias (vicepresidente) y Christos Bafes (director deportivo y el impulsor de la célebre revista oficial del club) viajaron en persona a Sofía para tentarle con retornar a Ítaca como rey. Habría, además, una suculenta recompensa de 14 millones de dólares aguardándole.
Al poco, Fournier cumplía su palabra y, a juzgar por su rendimiento en los Juegos Olímpicos, plenamente recuperado con su mejor estado de forma y puntería. Nada podía salir mal con el regreso de un antiguo héroe y el aterrizaje de un nuevo campeón, ¿no?
Guárdate de los idus de marzo
Aquello estaba siendo una locura. Evan Fournier contenía el rictus mientras comentaristas como Joe Arlauckas disimulaban una sonrisa de quien lo ha visto ya todo en una cancha. La capital española presenciaba el cuarto duelo de la postemporada contra el favorito a todo, un Olympiacos que festejaba su centenario esa misma campaña y que había ordenado un lazo de oro para acabar alzando una ansiada competición que no gozaba desde 2013, cuando Ares se disfrazó de Spanoulis en Londres.
Desembarcaron en la postemporada como primeros de fase regular, un arma de doble filo: nadie en el nuevo formato conseguía celebrar título tras brillar en esa primera etapa. Una superstición que los de Bartzokas parecieron romper en los dos partidos inaugurales contra un rival tan incómodo como el Real Madrid de Chus Mateo, atípico premio para haber sido cabeza de serie: Shaquielle McKissic y cía habían exhibido músculo para colocar el 2-0. Posteriormente, el conjunto blanco tiró de épica para ganar el tercero y las apuestas indicaban que los diablos rojos buscarían no tener que regresar a casa.
Sin embargo, el infalible Fournier erró su primer tiro libre, el que habría dado la calma. Un fiel reflejo de la locura que se estaba viviendo en el pabellón español. Todo pareció sentenciado a poco más de dos minutos cuando Vezenkov anotó un lejanísimo triple que colocó el 78-85. Una presunta tranquilidad que los Campazzo, Llull y compañía desarticularon a base de arrojarse a una presión a todo campo. Bartzokas estaba perplejo, ¿acaso Nigel William-Goss no les había avisado de cómo las gastaba su ex equipo cuando estaban entre la espada y la pared?
De repente, estaban 84-85 y el crack francés sentía sobre sus hombros todo el peso de Atlas. Convirtió el segundo, pero ahora los hombres de Chus Mateo tenían los suficientes segundos para la bala de plata que los mandase de vuelta a Grecia. Hezonja concentró toda la atención y asistió a Alberto Abalde, quien logró fintar con habilidad el marcaje pegajoso de Vezenkov. Tras contener la respiración, Luca Vildoza era todo sonrisas mientras avanzaban al túnel de vestuarios. Aquel hierro madrileño protegió su sueño intacto de ganar dos Euroligas consecutivas: fue uno de los secundarios de lujo con Ataman y el trébol del OAKA hasta fichar en verano de 2024 por el eterno enemigo.
Por ello, lo ocurrido en Abu Dabi, polémica elección de sede para la Final Four de 2025, confirmó la sensación de la maldición. A pesar de estar entrenada por una antigua leyenda de El Pireo como Spanoulis, nadie pensaba que la escuadra monegasca pudiera mojar la oreja del líder como lo hizo aquel día en los Emiratos Árabes. Alpha Diallo fue la sombra de un Vezenkov irreconocible, muy alejado de los guarismos de su categoría como MVP.
Cuando todas las miradas se posaban sobre un club centenario, Mike James y sus aires de estrella rapera brillaron con más fuerza que nunca. Thomas Walkup, un especialista defensivo de primer nivel, siempre había declarado su admiración por el anotador de tierras principescas, pero ni siquiera él pudo prever el grado de eficacia exhibido por un base explosivo, intratable de principio a fin. Antiguos compañeros de vestuario en Milán, aquella velada sería una de las más duras para Walkup, libra por libra uno de los pilares de las barricadas de Bartzokas.
Soylent Green
Es uno de los grandes poderes en Grecia. El linaje Giannakopoulos tiene implicaciones que comienzan con un dominio de las farmacéuticas en la Hélade y termina incluyendo una diversificación del capital en múltiples aristas, los tentáculos de un imperio económico donde el lustre y la publicidad viene en tonos verdes: los del Panathinaikos. Sea como fuere, Dimitris Giannakopoulos ha exhibido siempre un carácter mucho más impulsivo que negociador, el retoño de Pavlos es uno de los azotes del estamento arbitral en la Euroliga y clubes como el Valencia Basket, brillante triunfador en una serie memorable a cinco encuentros contra los orgullosos verdes del OAKA, pueden dar fe de la agotadora tarea mental que esconde lidiar con un demonio insaciable.
Presionar para retirar la nacionalidad griega de Walkup es únicamente la punta del iceberg. Si bien Dimitris es hiperbólico en sus maneras, no es un caso único, puesto que su malogrado tío Thanasis ya ganó titulares al arrojarle billetes al mismísimo Jordi Bertoumeu en plena Final Four de 2009. “Hemos derrotado a dioses y demonios… también al arbitraje” fue su célebre frase en aquella ocasión, los días de vino y rosas donde Željko Obradović tronaba cual Zeus y contaba con asistentes tan cualificados como Dimitrios Itoudis. Un Panathinaikos todopoderoso y que acumuló entorchados continentales.
Por ello, Bartzokas y los suyos están curados de espanto cuando vienen los golpes de esa marea verde irrefrenable. Flechas tan dolorosas como fichar a un ídolo de El Pireo de la talla de Sloukas, justo para terminar viéndole coronado como flamante MVP en Berlín. Triunfo y tormento. Dolor y gloria. Como si fuera imposible que los Angelopoulos pudieran sonreír sin que los Giannakopoulos lloren o a la inversa, disputas verbales que incluyen peticiones del Olympiacos a que Dimitris cumpla el servicio militar obligatorio como si lo han hecho los integrantes helenos de su plantilla.
Curiosamente, en esta ocasión el incómodo vecino sirvió de pantalla para rebajar las presiones. Alejada la efeméride del centenario y sin más presión de la usual, el conjunto liderado por Vezenkov vivió tranquilo sin el agobio que en el eterno rival daba conocer que la sede de la F4 sería el mismísimo OAKA. Mientras el Valencia de Pedro Martínez se hacía colosal en sus visitas atenienses, los hombres de Bartzokas despachaban por la vía rápida a su antiguo rival en parqué árabe, complacidos de no tener que afrontar a Daniel Theis o Alpha Diallo.
Resultó una serie clave para calentar motores y recuperar a un alma errante: Fournier se reconcilió en La Roca su legendaria puntería. Convertir 6/10 en triples y volver a sentirse eléctrico tras un curso baloncestístico con la pólvora mojada. Secundarios de lujo como Alec Peters firmaron 18 tantos y nadie reparaba en la cantidad de gasolina en el depósito que traía uno de los eternos candidatos, menos desgastado que otras veces donde alcanzó dicha lid.
La competición de las dagas voladoras
A falta de cuatro minutos para el descanso, un escalofrío recorrió a miles de espaldas helenas. Se había producido una jugada clásica: Hezonja doblaba con acierto el balón para el dorsal 23 de la escuadra blanca. Previamente, el veterano Sergio Llull ya había recuperado un balón, pero aquellos tres puntos representaban algo más que colocar el marcador 31-36 para los visitantes. Se trataba de un golpe psicológico, un flashback a la ciudad de Kaunas donde el menorquín convirtió la que, tal vez, sea la mejor canasta de una trayectoria plagada de lanzamientos ganadores.
Georgios Bartzokas necesitaba pocos recordatorios de aquella Final Four en Lituania a la altura de 2023. Se trató de un tremendo partido de poder a poder, decidido por pequeños detalles. Por ejemplo, aquel triple imposible en las postrimerías de Sergio “El Chacho” Rodríguez cuando los largos brazos de Moustapha Fall se abalanzaban sobre él. El Real Madrid se sobrepuso a todo en los minutos finales y eso incluyó una canasta jordaniana a cargo de Llull, el último superviviente en Atenas de aquella Vieja Guardia, puesto que Rudy Fernández, Felipe Reyes o el propio Rodríguez presenciaron aquel nuevo pulso contra el Olympiacos de civiles.
Lo llamativo de aquella daga es que no resultaba la primera en cinco años donde el buzzer beater no solía sonreírles a los griegos. Vasilije Micić, sin ir más lejos, fue otro de sus verdugos predilectos. En aquella ocasión, durante las semifinales celebradas en Belgrado. Uno de los mejores trabajos de la pizarra del técnico formado en las categorías inferiores del Maroussi BC: contener en la medida de lo posible el excepcional juego de perímetro del Anadolu Efes y jugárselo a cara o cruz en el Stark Arena. Más de 12.000 gargantas griegas ahogaron un grito seco cuando Micić superó una impecable defensa de Vezenkov. 77-74 para Ergin Ataman en su camino al segundo entorchado de Euroliga consecutivo.
Por ello, es digno de resaltarse el espíritu homérico del proyecto de los hermanos Angelopoulos para mantener los mimbres tras tantas muertes deportivas en la orilla. Aquella parábola eterna de Llull trajo recuerdos inquietantes, pero el Olympiacos permaneció fiel a su libreto: seguir hostigando con el juego interior y tener fe en que la heroica resiliencia de los pupilos de Sergio Scariolo iría ofreciendo grietas.
Una persistencia en conseguir cosas bajo el aro que estuvo patente en los cierres de cada cuarto. Antes de irse al descanso, Alec Peters supo convertir en un rebote ofensivo una penetración errada de Cory Joseph. De igual manera actuó Nikola Milutinov cuando Evan Fournier forzó demasiado su último lanzamiento antes de los diez minutos decisivos. La torre serbia conseguía de esa manera cerrar heridas para recortar la ventaja madridista a 61-65.
La fórmula salomónica
El primer año fue fiesta. El segundo, funeral. No resultaba fácil para un anotador que ha visto muchos ceros en sus cheques de la NBA, digerir que de 39 encuentros de Euroliga, hasta en una treintena de ellos salió como suplente. Pese al amargo final monegasco, nadie podía poner un pero a Fournier en su debut con los rojiblancos. Es cierto que terminaron alzando el entorchado liguero heleno en 2025, previa intervención de Yannis Vrutsis, viceministro de Deportes que hubo de discernir en el pulso entre Capuletos y Montescos. Si comitivas de enviados especiales de distintos medios han subrayado la hermosura y el caos de Atenas en la organización de la F4, con joyas como la tecnología led que hizo al suelo lucir distinto cada noche, pero asimismo con una anarquía en las salidas y confusos anillos de seguridad capaces de emular al laberinto del Minotauro.
No obstante, si bien disfrutó de los 20 tantos Shaquille McKissic aquel día, Fournier necesitaba algo más para hacer inolvidable su periplo en el Olympiacos. Es decir, un recuerdo positivo, porque ver a los distintos presidentes amenazándose y usando puerilmente a las hijas ajenas para comentarios prehistóricos, no es lo que tenía en mente la estrella francesa cuando firmó por el puerto ateniense. Por desgracia, su segunda campaña inició con dudas que fueron prosiguiendo, viendo cómo Bartzokas apostaba por Tyler Dorsey para abrir fuego.
De cualquier modo, algo se recuperó contra el Fenerbahçe. Los pupilos de Šarūnas Jasikevičius, vigentes campeones, quedaron estupefactos en el OAKA en unas semifinales donde la defensa griega les hizo retroceder al basket control de los noventa, una carta de amor al Limoges de Božidar Maljković. Parciales de 10-0 o de 9-0, entre otros, hicieron a la potencia otomana ver el aro rival como algo minúsculo, casi imperceptible. Fournier participó en la fiesta (10 puntos), forzando sin rubor frente a los marcajes de Wade Baldwin o Mikael Jantunen, entre otros. Pese a ello, fue una velada de gloria colectiva donde su colega Vezenkov (16 y una facilidad insultante para rebotear) y Peters, el suplente ideal, cosecharon los laureles.
Sea como fuere, la sangre volvía a estar inyectada en los ojos de Fournier. Cinco abajo los suyos en el primer cuarto, pareció quedar poseído por todas las Furias para desbaratar el hábil entramado de Sergio Scariolo, esas mismas y arteras trampas que hicieron a un conjunto tan eléctrico como el Valencia Basket olvidarse de que no estaba el intimidador Tavares. Fournier levantó a la grada, convirtió triples de playground y se disparó a dos minutos de gloria (11 para su casillero particular en anotación) que llevaron en volandas a los suyos.
Nadie comprendía mejor su sed que Alec Peters. El asesino silencioso. El tipo taimado que acepta ceder los focos a mayor gloria de Veznekov. Igual que contra el Fenerbahçe, volvió a ser el protector letal desde la banca. Con porcentajes de acierto extraordinario, probablemente el público ateniense valoró menos sus 16 contribuciones al marcador que la calma que les proporcionaba cuando botaba el balón y elegía cuándo tirar, pasar o postear. Siempre la mejor opción en una velada no apta para cardíacos. No en vano, se ha rumoreado desde hace tiempo con que estaba en el radar de los blancos.
La Euroliga no quiso líos y distinguió a Peters en el match final y aupó a Fournier con el MVP.
La mirada de Ulises
Todo comenzó con Andreas Bartzokas, el exiliado político que no pudo volver a ver a su role hasta que su hijo Georgios ya contaba con nueve años de edad. Forjado en la cantera del Maroussi tras unos coqueteos iniciales con el fútbol, el espigado muchacho supo analizarse a sí mismo: poseía algunas facultades en el baloncesto, pero le faltaba condición física para el profesionalismo. Incapaz de abandonar las canastas, se reveló un precoz técnico que consiguió el bastón de mando en Larissa, virtud a su amistad personal con Giorgos Malakos.
Junto con esa formación, respetó los deseos de su madre y de su progenitor en aras de culminar sus estudios en ciencias políticas. Al igual que su hermana, pronto el chico comprendió el valor que se daba en el hogar a los estudios. El ruido que hacía este perfil atípico en el mercado de entrenadores de la Hélade le llevó a heredar una difícil silla: la del maestro Dušan Ivković. El genio de las pizarras que llevó a la Euroliga contra el Barcelona de Aleksandar Đorđević en la noche soñada de David Rivers. Por si fuera poco, supo reinventarse en otra etapa posterior para noquear al CSKA de Moscú de Kirilenko en el milagro de Estambul, aquel gancho de Printezis que elevó al ala-pívot al imaginario colectivo donde podría codearse con otras leyendas como Giorgos Sigalas.
Suceder al genial balcánico no era tarea sencilla, pero Bartzokas consiguió repetir hazaña en 2013, regalando en Londres otra alegría a su parroquia: aquel día doblegando al vibrante Madrid de Pablo Laso, con Acie Law aportando todos los intangibles del mundo y un esfuerzo colectivo para sostenerse en la primera mitad antes de que Spanoulis se inspirase. Entre sus primeros pupilos estuvo Kostas Papanikolaou, seleccionado Rising Star de aquella Euroliga.
Un salto en el tiempo nos llevaría en 2026 a ver a un Bartzokas bien diferente, si bien seguía contando con Papanikolaou, ahora tornado en el capitán del navío, el veterano de lujo que todo lo ha visto y vivido. Tampoco era Bartzokas la misma personalidad, había vivido un doloroso despido del club de sus amores y luego una frustrada aventura en Barcelona donde chocó con el ídolo del Palau, Juan Carlos Navarro. Muchas experiencias que le llevaron a ese momento, a estar con una escuadra rojiblanca que incluso debió de soportar la ignominia de bajar a segunda categoría griega por culpa de su eterno pleito con el Panathinaikos.
Junto con su técnico, el curtido alero habló en rueda de prensa sobre la ilusión extra que suponía estar en frente de tantas personas animándolos. Un arma de doble filo que supieron usar a la perfección. El infortunio de Usman Garuba la jornada anterior contra los taronjas confirmó todavía más el objetivo de enfocar una batalla de agotamiento por dentro (42 rebotes de El Pireo por 26 blancos), sin desesperarse por exhibiciones como la de Trey Lyles en la primera mitad. Otro buen ajuste de pizarra por parte de Bartzokas, quien logró contener al canadiense hasta casi secarlo en los veinte minutos posteriores, quitando las dos canastas consecutivas con los de Scariolo volcados a una presión a todo campo.
Con aplomo, Bartzokas felicitó la hercúlea tarea llevada a cabo por un oponente que le ha derrotado en varias ocasiones decisivas. De idéntica manera, demandó en esta ocasión respeto para los suyos. A la habilidad de poner a Tyrique Jones en el momento justo o la apuesta que fue Corey Joseph (de engañosa y aparente lentitud) habría que concederle tanto peso como a las cuestiones arbitrales. O a la capacidad de Vezenkov de anotar su triple liberado y buscar en la tabla en un último cuarto donde tuvo que volcarse más a la intendencia que hacia el estrellato. Acostumbrado por un lustro a liderar en fase regular y ver el premio gordo tan cerca como esquivo, el parlamento de Bartzokas buscó ese reconocimiento que se han ganado en cinco años de búsqueda. Alberto Abalde, uno de los más esforzados y mejores madridistas en ese fin de semana, incluyó esa felicitación en sus declaraciones, consciente él asimismo de lo frustrante que es acariciar y no poder llevar el entorchado a casa.
Un proyecto que el año que viene vuelve a antojarse temible, incluso a costa de cercenar sueños de propuestas tan atractivas como la del Valencia Basket. Si bien es comprensible que un jugador en progresión como Jean Montero quiera recabar en ese transatlántico, tanto el entorno del jugador como los Angelopoulos tuvieron poca delicadeza al publicar la noticia el mismo fin de semana que el extraordinario conjunto de Pedro Martínez estaba de luto deportivo por las semifinales.
La única certeza en la próxima Euroliga es que, al fin, quien quede primero en fase regular se verá libre de malditismos. El Olympiaco sobrevivió al lustro.



